La pistola

La ostentosa sala de audiencia de los Tanaiste conocía tiempos mejores. Ropajes tirados por doquier. Emborrachados jóvenes de las nobles casas de Sybellus recostados en los sillones, algunos incluso en los estantes. Y recargado en el gran trono, Edrian, semidesnudo, semiconsciente, aún jugando con el último trago de amasec en su copa.

Así lo encontró Culver.

Siempre un hombre recto y formal, el mayor Tanaiste guardó sus palabras hasta estar cara a cara con Edrian. Uniformado, su cabello cortado al raz, cargando orgullosamente su tricornio bajo el brazo. El vivo ejemplo de un oficial de la Navía Imperial. Sus pesadas botas navegaban la absurdamente desordenada sala, evitando pisar a los inconscientes en su camino. Su cara estaba congelada en una expresión neutral, pero era obvio que apretaba los dientes para no explotar. A unos metros de Edrian, sus ojos se encontraron.

El chico gruñó, y con esfuerzo se enderezó. “Ho, Culver…”, dijo, bostezando. Se estiró un poco. “No sabía que venías. ¿Gustas un trago?” agregó, sonriendo, ofreciendo la copa de amasec.

Culver se acercó. Tomó la copa, y Edrian sonrió estúpidamente. “Me alegra que ha-”

Sus palabras se interrumpieron por el quebrar de la copa en la pared de oeste. Algunos de los invitados se despertaron quejándose, con dolores de cabeza.

“Largo de aquí. ¡Todos!” exclamó Culver, en su tono de autoridad que no daba pie a quejas. Lentamente, todos los embriagados nobles salieron, dejando a los hermanos solos. Culver fríamente observaba a su hermano, quién lo veía con una cara entremezclada de confusión y nauseas.

“¿No tienes orgullo, Edrian? ¿Estás contento desperdiciando todo lo que te damos?” preguntó el mayor, secamente.

Edrian rió, ladeando su cabeza. “¿A qué te refieres? ¿Desperdiciar? Has estado en el vacío mucho tiempo, Culver. Ésto”, dijo grandiosamente, haciendo un ademán con su brazo para englobar toda la sala, “es como mantienes a una noble casa vigente en Sybellus. Hago mi parte, como tu la tuya.”

“Debes estar bromeando. ¿Emborracharte es ayudar a la dinastía? Por el Trono, Edrian. Haces ver a nuestra familia como desviados hedonistas. Manchas nuestra gloriosa historia con tus ridículos actos.”

El jóven se puso de pie, tambaleándose. “Si no te gusta como hago mi papel, entonces con todo gusto, quédate y enséñame. No durarías un mes entre los nobles. Serías el hazmereír de Sybellus, tú con tu obsesión con las rígidas reglas de la Navía.”

“Tu papel no es ganar popularidad entre las cabezas huecas. Tu deber, tu responsabilidad, es hablar con los gremios mercantiles, supervisar nuestras haciendas y terrenos, y ofrecer tributos a la Eclesiarquía. Tú estás por encima de la simple nobleza de éste planeta. ¡Eres un Hijo de Dinastía!”

Edrian lanzó una mirada cruel a su hermano, llena de desprecio e ira. “Tal vez recordaría eso con más frecuencia si viera al Jefe de la Dinastía más seguido. Dime, ¿siquiera está en órbita? ¿Se dignó regresar a Calixis?”

“… No, Padre no está en órbita.”

Una seca carcajada salió de la gargante de Edrian. “¿Ves? Ni él le da importancia a Sybellus. Ni un carajo a Calixis. ¿Por qué no mejor regresas a tu nave y-”

“Padre está en la Corte Lúcida, en audiencia con Lord Sector Hax. Lleva en el planeta varias semanas.”

La sala quedó en silencio por varios minutos. Edrian veía incrédulo a su hermano, boquiabierto, sin poder decir una palabra. Culver suspiró, y puso una mano en el hombro de Edrian. “Padre es un hombre ocupado. De seguro se dará el tiempo de venir cuando termine sus asuntos.”

Edrian quitó bruscamente la mano de su hermano, y lanzó un feroz golpe. Pero un segundo después, cayó de espalda, su brazo torcido y en manos de Culver, y una pesada bota en su pecho.

“No has cambiado en nada. No has aprendido nada. Uno hubiera pensado que al menos hubieras invertido tiempo en aprender a pelear. Tal vez así podrías desahogarte.” le dijo, quitando su bota del pecho, y soltándolo. Edrian quedó tirado, respirando laboriosamente, la semilla de lágrimas en sus ojos. Esuchó los pasos de Culver alejarse. “Debo marcharme – debería haber partido en cuanto la Impes Immitis terminó de abastecerse, hace una hora. Pero quería ver a mi hermano. Me… me dió gusto verte, Edrian.”

Escuchó algo chocar contra el piso, y resbalarse hacia él. “Toma. De seguro te será más fácil defenderte con eso.” dijo la lejana voz de su hermano. Edrian se levantó, viendo el objeto que Culver había arrojado.

Una pistola de plasma.

….

“Merryl, termina reproducción”, dijo Edrian. El servocráneo hizo un ligero sonido de confirmación, y la pantalla se quedó sin imágen. El Hijo de Dinastía se dejo caer en su cama, viendo al techo, escuchando los incesantes sonidos de ésta nave, todavía incapaz (o reacio) a comprender lo que sucedía. Tomó la pistola de su funda, colgando de su gran abrigo. Por varios segundos, veía todo detalle, las marcas y desgarres de uso contínuo. Las iniciales en su empuñadura. El mensaje en su cañón.

Y por primera vez desde que el Explorador le dió la noticia, Edrian se soltó en lágrimas.

La pistola

Rogue Trader: Statim Vivus Fierem richterbrahe